miércoles, 13 de julio de 2011

¿Sola? No, con mi cámara de fotos

Un día me fui a Colonia del Sacramento. No hablé con nadie. Anduve en dirección opuesta a los montones de turistas que visitan diariamente la ciudad. Caminé por calles distintas de las que recorrí las otras veces que fui. Pensé en ese monstruo, la distancia, en ese otro monstruo, el tiempo, y en el peor de todos: el miedo. El miedo, que somos nosotros mismos. Saqué fotos. Y nada más.

Amigas





¿Cuánta distancia?


El verdulero con su gurí








Paso a paso. Te encuentro a mitad de camino.

viernes, 3 de diciembre de 2010

El malevo

Los festejos por el Bicentenario de esta quimera que se llama República Argentina generaron el revival de algunas tradiciones populares. Por ejemplo, hubo pericones, cuecas y chacareras en las plazas (por lo menos en Mendoza y San Juan, que es donde me pescaron los festejos mientras hacía mi periplo por Cuyo, Chile y NOA). Vivas a la patria, locro y pasta frola. Las calles se llenaron de mazamorreritas, gauchitos, granaderitos y damitas antiguas como no se habían visto en las escuelas en mucho tiempo. Hasta los más crecidos se animaron al disfraz, con resultados ambivalentes. Un viaje a los estereotipos a través de los cuales pensamos la historia y la identidad de los que vieron cómo empezó todo. En esta edición: el malevo.

24 de mayo de 2010
Mendoza, Argentina

lunes, 22 de noviembre de 2010

No tan perfecto: 40 bluffs de mis 40 días por Cuyo, Chile y Noroeste Argentino

En auto, con mucho equipaje y bajísimo presupuesto. La fantasía era conocer las bellezas vernáculas que atraen a viajeros de todo el orbe. Dormir en residenciales o casas de familia, conversar con los locales, conocer cómo ven al país y al mundo, cómo es la vida a miles de km de la Gran Ciudad. El plan era arrancar por Córdoba, continuar por San Luis, Mendoza, Chile, volver a Mendoza y desde ahí bordear la cordillera, no parar hasta La Quiaca. Sin reservas, sin apuro, sin fechas.

Saldo final: la Argentina es ¡carísima! 40 días de vida austera, sin darnos absolutamente ningún lujo, durmiendo en habitaciones básicas (sin calefacción en la noche puneña, por ejemplo), sin gastos banales de ninguna índole, solamente pagando fortunas para ver el patrimonio nacional y llenando el tanque del auto… 40 días de eso costaron exactamente lo mismo que 30 días en Europa dándonos todos los gustos: alquilando departamentos céntricos y ultra equipados o durmiendo en hoteles dignos, con traslados aéreos o terrestres de una ciudad a otra que no incluyen rutas detonadas, cortadas o mal señalizadas, comprando ropa, libros, chucherías, regalos, comiendo en restaurantes, sucumbiendo a todas las tentaciones y con un cambio 5 y pico a 1 “desfavorable”.

En esta epopeya exploratoria de lo propio terminamos gastando, además del dinero destinado para tal fin, toda esa reserva de plata que uno suele llevar “por las dudas”: es decir, por si nos teníamos que hacer una cirugía a corazón abierto de urgencia, por si nos robaban absolutamente todo y teníamos que tener una reserva de guita para volver a casa, por si estallaba el auto en medio de la ruta y quedábamos merced a un mecánico que, con cara de cristo crucificado, nos diría “y… ¿cuánto te puedo cobrar?”.

No voy a entrar en el debate infantil de los que ya estarán barruntando “claro, para esta mosquita muerta las Europas merecen más su cochino dinero que la propia tierra”. Como dicen las viejas, las comparaciones siempre son odiosas. Mi intención es polemizar el mito que sostiene que un viaje transatlántico es inasequible. Esto piensan, equivocadamente, muchos de mis coterráneos mientras alquilan para este verano un monoambiente en La Feliz pagando la quincena una fortuna.

Al margen del aspecto financiero, también me decepcionaron algunos lugares mil veces recomendados por viajeros y guías de viajes, que me parecieron una pérdida de tiempo, que si volviera el tiempo atrás no visitaría, que a duras penas merecen una recorrida “de pasada”. O, simplemente, cosas y lugares que no me cautivaron porque caí en la trampa del abismo filoso que divide expectativa y realidad. El tiempo que se puede dedicar a un viaje siempre es escaso o limitado, único y finito. De ahí que uno lamente haber perdido el tiempo con actividades fútiles.

No todos tenemos los mismos gustos, pero en lo que a mí y sólo a mí respecta, los siguientes fueron los máximos bluffs de mi epopeya baquiana. A no confundirse: hay lugares que valen la pena, pero esa… es otra historia.

1. Villa Dique y alrededores
2. Santa Rosa de Calamuchita
3. Villa General Belgrano
4. La Cumbrecita (simpática para pasar medio día, y ya)
5. San Luis (cap.)
6. Que en todo San Luis *supuestamente* había wi-fi, pero en los hechos no funcionaba en ningún lado
7. Grutas de Inti Huasi
8. Parque Nacional Sierra de las Quijadas (quizás hubiera sido más interesante si tuviera buenos senderos auto-guiados, o si la guía turística que cobra una fortuna por hacer la excursión de 4 horas a los Farallones no me hubiera dejado plantada)
9. Que no pude comer chanfaina en ningún lugar, siendo una de las comidas serranas más típicas
10. El afano que nos quisieron cobrar en Merlo para alquilar bicicletas
11. El Algarrobo Abuelo (te cobran por mirar un árbol… increíble)
12. Mendoza (cap.)
13. Milonga con Ana y Luis: mendocinos antipáticos y arrogantes, no fueron capaces de sacarme a bailar ni un tango
14. Que el parador de los camioneros tuvo en 3 años una inflación del 300% (claro, el irrisorio precio del cubierto se fue ajustando a los incontables aumentos que recibieron los muchachos del gremio de Moyano)
15. Museo de Arte Contemporáneo (Santiago de Chile)
16. El smog en Santiago: es tal la contaminación que uno se siente dentro de un pozo gris y turbio. Apenas si se distingue algún pico entre el vómito de gases producto, entre otras cosas, de la afición de los locales por movilizarse en cuatro ruedas aun para recorrer distancias cortas
17. La inoperancia de los controles de frontera: aduana chilena, 15 minutos; aduana argentina al regreso: 6 horas
18. El abusivo costo de los hospedajes
19. Que para habilitarme el paso rumbo a Chile, Gendarmería en Uspallata me obligó a comprar cadenas para nieve. Pero en los controles de frontera, previo al cruce, nunca me los pidieron. Tampoco fueron necesarias en ningún tramo de ese trayecto ni en el resto del viaje.
20. San Juan (cap.)
21. Dique de Ullum
22. Parque Nacional Ischigualasto
23. Parque Nacional Talampaya
24. La Rioja (cap.)
25. Famatina
26. Belén
27. Santa María (Catamarca)
28. Cóndor Huasi y alrededores
29. Antofagasta de la Sierra: imposible llegar sin 4x4 o con bajo presupuesto
30. Tafí del Valle
31. Cafayate (ciudad, la Quebrada de las Conchas es a-lu-ci-nan-te)
32. Divisadero (Cafayate)
33. Salta (cap.)
34. Las empanadas de Doña Salta
35. Museo James Turrell: el museo debe ser alucinante, lástima que no pude llegar porque queda a 100 km de ripio desde Cafayate y sólo es accesible para los que tienen 4x4 o pagan la excursión de $180 que los deja ahí de pasada
36. MAAM: ¡¡los niños del Llullaillaco se exhiben de a uno, maderfaquers!! El museo es excelente, pero fue una desilusión haber visto sólo a uno de los tres.
37. Tren de las nubes: 140 dólares el paseo. Aunque dicen las malas lenguas que no es tan maravilloso (el paisaje puede ser fantástico, pero en un viaje de 16 horas poco a poco se aletarga la capacidad de asombro), lo cierto es que es una de las obras de ingeniería más asombrosas del país y es una lástima que sólo los acaudalados puedan apreciarla.
38. El Pucará de Tilcara (monumento; no así el pueblo, que es bellísimo)
39. Maimará
40. El absoluto desperdicio de miles y miles de kilómetros de infraestructura ferroviara.

Claro que hubo buenos momentos. Además, viajar siempre vale la pena. Y claro que la culpa de mi desilusión no puedo achacarla a otra cosa que no sea mi indiscutible falta de información, en algunos casos, y excesiva expectativa, en otros. Eso no cambia el hecho de que, si volviera el tiempo atrás, tomaría otras decisiones. Pero no puedo. Escribir y anhelar viajes mejores es mi único (e insuficiente) consuelo.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Asilo para ancianos

Era domingo cerca del mediodía. El pueblo de Famatina, en La Rioja, estaba desierto. Los únicos rastros de presencia humana eran los modestos carteles en todas las casas, colgados de cercos, paredes y puertas: "El Famatina no se vende" o "Minería = Muerte".

Deambulábamos sin rumbo y un poco aburridos, para ser franca. Veníamos de Chilecito y nuestra próxima parada era Tinogasta, Catamarca. El pueblo abarca unas pocas cuadras, en media hora se recorren todas sus callecitas. El único lugar donde pudimos comprobar la existencia de seres humanos fue al pasar por la puerta del asilo para ancianos: un ranchito modesto pero digno, a los pies de la montaña. Los abuelitos estaban todos tomando sol y aire fresco en un jardín que ocupaba todo el frente. No conversaban entre sí, estaban simplemente sentados, con la vista perdida, los ojitos entrecerrados.

Cuando lo vi me lo imaginé sordo. Con voz firme me acerqué y, mostrándole la cámara, le dije "Abuelo, ¿le puedo sacar una foto?". Masticó alguna palabra (no le entendí) con voz áspera, y se acomodó la boina moviendo la cabeza de abajo hacia arriba, para que yo entendiera que me decía que sí.

martes, 16 de noviembre de 2010

Una desgracia con suerte

Pertenezco a la empalagosa secta de personajes que sienten curiosidad por las cosas más variadas: por ejemplo la literatura pre-soviética, el diseño Bauhaus o la fotografía. La astronomía integra esta extensa lista; siempre estoy pensando que más adelante puedo hacer algún curso en la Asociación Argentina de Amigos de la Astronomía, me da curiosidad, me interesa, quiero saber más. Puedo soportar con insobornable placer que algún entendido me converse por horas sobre el tema. ¿Cómo no iba a visitar el observatorio astronómico que queda adentro del Parque Nacional El Leoncito?

Había luna llena, pero a pesar del frío helado yo desbordaba de entusiasmo. Los carteles que debían indicarnos cómo llegar al observatorio nos consternaron, porque las referencias eran contradictorias. Después de idas, vueltas, discusiones y marchas atrás, nos decidimos por una de las dos direcciones posibles y así llegamos al Observatorio Astronómico Dr. Carlos U. Cesco. Pero ahí nos dijeron que para hacer la visita había que contratar el paquete turístico en una agencia: pagar una fortuna para pasar la noche en las cómodas instalaciones recientemente inauguradas -cena y desayuno incluidos- y por supuesto también mirar por el telescopio. Nos dieron un folleto y nos despidieron. No, no podíamos siquiera dar una vuelta por ahí ya que los astrónomos estaban en plena faena. ¡No, no, no! ¿Qué me agrió más el humor? ¿Haberme quedado sin la visita al observatorio o comprobar que los parques nacionales de la Argentina son un kiosco que los gobernadores e intendentes le ceden a las agencias de turismo? Nos encogimos de hombros y nos fuimos.

Fue sólo cuestión de andar un par de kilómetros el camino de regreso y atar cabos: eran dos. Dos observatorios adentro del parque, por eso la señalización era ambivalente. Ya había caído la noche, pero con alguna esperanza de que nos recibieran igual fuimos al CASLEO. Este observatorio, menos glamoroso que el Cesco, no estaba en nuestros planes ni habíamos encontrado noticias de su existencia en nuestras averiguaciones previas sobre qué hacer-a-qué-hora-cuánto-cuesta-vale-la-pena. Para nuestra sorpresa nos recibió el Astrónomo de la estación, oriundo de La Plata, quien había llegado al observatorio a los 24 años, recién recibido, y que ahora, con 64 pirulos, estaba a punto de jubilarse. Por unos pocos pesos (10 ó 20) nos invitó a recorrer las instalaciones, explicándonos con pasión en qué consistía el trabajo al que le dedicó toda su vida, cuál era su importancia, por qué San Juan era un punto ideal para perderse en la contemplación del cielo infinito (no importa lo que digan los científicos, esos sofistas y farsantes: cuando alguien lo recorra de punta a punta y regrese para contarla, me voy a creer eso de que el universo es finito).

Corrió la bóveda sólo para nosotros. Nos hizo ver el ocaso de Venus y los anillos de Júpiter. Nos indicó la fecha precisa en la que un asteroide colisionaría con el planeta tierra, causando la más absoluta destrucción si no fuera porque el incesante trabajo de astrónomos y aficionados permite anticipar y prevenir estos incidentes. Aprendimos que la tarea de todos los observatorios es coordinada desde un ente yanqui, que determina quién investiga qué (típico de ellos creerse la gran cosa, we americans are the greatest nation in the world y arrogarse el derecho de dar órdenes).

Abandonamos la bóveda y su gigantesco telescopio. “Ya casi no se usa este armatoste, con lo que avanzó la tecnología”, nos confesó. Su asistente montó un telescopio de módicas proporciones, a la intemperie. Merced a los cachetazos del viento Zonda y la helada cuyana de la noche que ya estaba bien avanzada, nuestro amigo astrónomo nos hizo recorrer las estrellas: la que se estima más joven, la que se estima ya extinta pero que sigue arrojando su luz sobre la tierra, la que le parecía más linda, las constelaciones. Consternados por la invasiva luz de la luna llena sobre cualquier cuerpo celeste que quisiéramos observar, jugamos a ponerle al visor del telescopio el filtro UV de la Canon AE1. Nuestro guía estaba maravillado: 40 años en el observatorio y todavía aprendía cosas nuevas.

Nos preguntó dónde nos hospedábamos: en lo de Don Lisandro. Entre risas nos contó que don Lisandro en cuestión, el mismo que habitó la casa que su nieto Mauro restauró y donde esa noche íbamos a dormir, fue una figura destacada para el CASLEO y el parque El Leoncito. Calingasta es un pañuelo.

Respondió todas nuestras preguntas con entusiasmo, perdió la noción del tiempo que estaba invirtiendo en darnos la vuelta al perro por el orbe a nosotros, dos gatos locos que se acercaron como quien ve luz y sube. A pesar de la dificultad que impone el aislamiento de su profesión, la vida en medio del monte, las condiciones climáticas extremas, la soledad, era la extraordinaria caracterización de un hombre feliz y realizado gracias a su trabajo. Curioso espécimen que enfrentó mi desmoralizada mirada foucaultiana. Que siga vendiendo el Observatorio Cesco su paquete turístico; suerte la mía que la desgracia de no poder visitarlo terminó por encontrarme con el Astrónomo del CASLEO.

jueves, 11 de noviembre de 2010

En un pasillo del Louvre


¿La Virgen de las rocas? ¿La emocionante (yo lloré al recorrerla) galería que guarda los Géricault y los Delacroix; La Libertad guiando al Pueblo? ¿Algún Rembrandt o los esclavos de Michelangelo Buonarotti, acaso? No señor. El jovencito asiático, que visitó el Musée du Louvre porque ¿quién puede pasar por Paris sin visitarlo, aunque me importe tres cuernos eso que el canon vigente acuerda en llamar arte digno de verse?, encontró que la micropantalla de su cámara digital podía proporcionarle placeres mucho más voluptuosos que la contemplación de las cientos de miles de obras y reliquias que se exhiben en el museo. Un japonés menos en la muralla humana que rodea a La Gioconda... ¡albricias!