En auto, con mucho equipaje y bajísimo presupuesto. La fantasía era conocer las bellezas vernáculas que atraen a viajeros de todo el orbe. Dormir en residenciales o casas de familia, conversar con los locales, conocer cómo ven al país y al mundo, cómo es la vida a miles de km de la Gran Ciudad. El plan era arrancar por Córdoba, continuar por San Luis, Mendoza, Chile, volver a Mendoza y desde ahí bordear la cordillera, no parar hasta La Quiaca. Sin reservas, sin apuro, sin fechas.
Saldo final: la Argentina es ¡carísima! 40 días de vida austera, sin darnos absolutamente ningún lujo, durmiendo en habitaciones básicas (sin calefacción en la noche puneña, por ejemplo), sin gastos banales de ninguna índole, solamente pagando fortunas para ver el patrimonio nacional y llenando el tanque del auto… 40 días de eso costaron exactamente lo mismo que 30 días en Europa dándonos todos los gustos: alquilando departamentos céntricos y ultra equipados o durmiendo en hoteles dignos, con traslados aéreos o terrestres de una ciudad a otra que no incluyen rutas detonadas, cortadas o mal señalizadas, comprando ropa, libros, chucherías, regalos, comiendo en restaurantes, sucumbiendo a todas las tentaciones y con un cambio 5 y pico a 1 “desfavorable”.
En esta epopeya exploratoria de lo propio terminamos gastando, además del dinero destinado para tal fin, toda esa reserva de plata que uno suele llevar “por las dudas”: es decir, por si nos teníamos que hacer una cirugía a corazón abierto de urgencia, por si nos robaban absolutamente todo y teníamos que tener una reserva de guita para volver a casa, por si estallaba el auto en medio de la ruta y quedábamos merced a un mecánico que, con cara de cristo crucificado, nos diría “y… ¿cuánto te puedo cobrar?”.
No voy a entrar en el debate infantil de los que ya estarán barruntando “claro, para esta mosquita muerta las Europas merecen más su cochino dinero que la propia tierra”. Como dicen las viejas, las comparaciones siempre son odiosas. Mi intención es polemizar el mito que sostiene que un viaje transatlántico es inasequible. Esto piensan, equivocadamente, muchos de mis coterráneos mientras alquilan para este verano un monoambiente en La Feliz pagando la quincena una fortuna.
Al margen del aspecto financiero, también me decepcionaron algunos lugares mil veces recomendados por viajeros y guías de viajes, que me parecieron una pérdida de tiempo, que si volviera el tiempo atrás no visitaría, que a duras penas merecen una recorrida “de pasada”. O, simplemente, cosas y lugares que no me cautivaron porque caí en la trampa del abismo filoso que divide expectativa y realidad. El tiempo que se puede dedicar a un viaje siempre es escaso o limitado, único y finito. De ahí que uno lamente haber perdido el tiempo con actividades fútiles.
No todos tenemos los mismos gustos, pero en lo que a mí y sólo a mí respecta, los siguientes fueron los máximos bluffs de mi epopeya baquiana. A no confundirse: hay lugares que valen la pena, pero esa… es otra historia.
1. Villa Dique y alrededores
2. Santa Rosa de Calamuchita
3. Villa General Belgrano
4. La Cumbrecita (simpática para pasar medio día, y ya)
5. San Luis (cap.)
6. Que en todo San Luis *supuestamente* había wi-fi, pero en los hechos no funcionaba en ningún lado
7. Grutas de Inti Huasi
8. Parque Nacional Sierra de las Quijadas (quizás hubiera sido más interesante si tuviera buenos senderos auto-guiados, o si la guía turística que cobra una fortuna por hacer la excursión de 4 horas a los Farallones no me hubiera dejado plantada)
9. Que no pude comer
chanfaina en ningún lugar, siendo una de las comidas serranas más típicas
10. El afano que nos quisieron cobrar en Merlo para alquilar bicicletas
11. El Algarrobo Abuelo (te cobran por mirar un árbol… increíble)
12. Mendoza (cap.)
13. Milonga con Ana y Luis: mendocinos antipáticos y arrogantes, no fueron capaces de sacarme a bailar ni un tango
14. Que el parador de los camioneros tuvo en 3 años una inflación del 300% (claro, el irrisorio precio del cubierto se fue ajustando a los incontables aumentos que recibieron los muchachos del gremio de Moyano)
15. Museo de Arte Contemporáneo (Santiago de Chile)
16. El smog en Santiago: es tal la contaminación que uno se siente dentro de un pozo gris y turbio. Apenas si se distingue algún pico entre el vómito de gases producto, entre otras cosas, de la afición de los locales por movilizarse en cuatro ruedas aun para recorrer distancias cortas
17. La inoperancia de los controles de frontera: aduana chilena, 15 minutos; aduana argentina al regreso: 6 horas
18. El abusivo costo de los hospedajes
19. Que para habilitarme el paso rumbo a Chile, Gendarmería en Uspallata me obligó a comprar cadenas para nieve. Pero en los controles de frontera, previo al cruce, nunca me los pidieron. Tampoco fueron necesarias en ningún tramo de ese trayecto ni en el resto del viaje.
20. San Juan (cap.)
21. Dique de Ullum
22. Parque Nacional Ischigualasto
23. Parque Nacional Talampaya
24. La Rioja (cap.)
25. Famatina
26. Belén
27. Santa María (Catamarca)
28. Cóndor Huasi y alrededores
29. Antofagasta de la Sierra: imposible llegar sin 4x4 o con bajo presupuesto
30. Tafí del Valle
31. Cafayate (ciudad, la Quebrada de las Conchas es a-lu-ci-nan-te)
32. Divisadero (Cafayate)
33. Salta (cap.)
34. Las empanadas de Doña Salta
35. Museo James Turrell: el museo debe ser alucinante, lástima que no pude llegar porque queda a 100 km de ripio desde Cafayate y sólo es accesible para los que tienen 4x4 o pagan la excursión de $180 que los deja ahí de pasada
36.
MAAM: ¡¡los niños del Llullaillaco se exhiben de a uno, maderfaquers!! El museo es excelente, pero fue una desilusión haber visto sólo a uno de los tres.
37. Tren de las nubes: 140 dólares el paseo. Aunque dicen las malas lenguas que no es tan maravilloso (el paisaje puede ser fantástico, pero en un viaje de 16 horas poco a poco se aletarga la capacidad de asombro), lo cierto es que es una de las obras de ingeniería más asombrosas del país y es una lástima que sólo los acaudalados puedan apreciarla.
38. El Pucará de Tilcara (monumento; no así el pueblo, que es bellísimo)
39. Maimará
40. El absoluto desperdicio de miles y miles de kilómetros de infraestructura ferroviara.
Claro que hubo buenos momentos. Además, viajar siempre vale la pena. Y claro que la culpa de mi desilusión no puedo achacarla a otra cosa que no sea mi indiscutible falta de información, en algunos casos, y excesiva expectativa, en otros. Eso no cambia el hecho de que, si volviera el tiempo atrás, tomaría otras decisiones. Pero no puedo. Escribir y anhelar viajes mejores es mi único (e insuficiente) consuelo.